Un jovencísimo Mike Oldfield se había presentado al mundo con un disco para la historia: Tubular Bells. La reválida de ese excepcional debut llegó con el segundo álbum que, según una vieja ley no escrita del mundo de la música, te encumbra definitivamente o te hunde para siempre, y en este caso fue Hergest Ridge. Atendiendo a muchas de las críticas de la época, e incluso de la reacción de parte del público cuando se publicó, podríamos pensar que estamos ante un disco fallido. Nada más lejos de la realidad. Después del inesperado éxito de su famoso disco debut, un Mike huidizo y huraño se alejó de la vorágine para recluirse en una casa de campo en Herefordshire, en las cercanías de una colina que dará título al trabajo. Tal vez asustado por la responsabilidad de seguir demostrando todo su talento, hizo lo mejor que pudo para superarse a sí mismo. Dejó a un lado el caos controlado de Tubular Bells, lanzó una mirada a su admirado Sibelius, y logró componer exactamente lo que quería: una hermosísima obra cercana a la música clásica en plena era del rock.
Hergest Ridge es ante todo una obra emocional, serena, que en mi modesta opinión refleja a la perfección un sentimiento de soledad, aunque tal vez hay también un reflejo más optimista, una idea de paz interior, o de la tranquilidad de la vida campestre, a través de una exquisita progresión melódica que asombra tanto por su complejidad (y, paradójicamente, aparente sencillez) como por la calidad de sus melodías. Es un disco del que resulta difícil hablar y más complicado describir. Dividida en dos partes, como su antecesora, se construye a partir de hermosos pasajes interpretados con instrumentos como flautas, oboes, guitarras acústicas y bajos, mandolinas, un órgano y el siempre efectivo glockenspiel, entre otros (instrumentos de timbre dulce, luminoso, como se puede ver), dándole además un protagonismo especial a las voces en forma de coro, que suenan en este trabajo de modo inmejorable. Las melodías se desarrollan pausadamente, con mimo, con complejos pero tenues cambios en los arreglos y añadidos instrumentales, progresando con calma a lo largo de ambos movimientos. Sólo existe un momento de especial rudeza, técnicamente asombroso, conocido como "tormenta eléctrica" (según una antigua y acertada definición de un crítico), integrado a la mitad del segundo movimiento, una compleja combinación de treinta guitarras y una docena de bajos, convenientemente doblados, con las que crea un verdadera demostración de virtuosismo interpretativo. Tras la tempestad, recupera la tranquilidad de la melodía principal del segundo movimiento que, acompañado por los coros, nos lleva de la mano al final de la obra.

A pesar del tirón del exitoso Tubular Bells, Hergest Ridge no logró vender tanto; hubo críticos que se cebaron con él, y tras la euforia inicial perdió bastante fuelle. En cierto modo, es un gran tapado entre dos obras fundamentales como el propio Tubular Bells y el majestuoso Ommadawn. Una obra que incluso pasa por incomprendida entre los recién llegados a la música del británico. Probablemente porque está muy alejada de los cánones del pop-rock y todas sus ramificaciones (como buena parte de la producción discográfica de Oldfield, por otro lado), y de hecho no es casual que sea una obra muy apreciada por los aficionados a la música clásica por su estructura narrativa, aunque use instrumentaciones ajenas a ese mundo. Lo que sí es cierto es que se trata de una obra de singular belleza, de sorprendente madurez proviniendo de un músico que por entonces tenía veintiún años, que exige una escucha atenta para ofrecer una auténtica inmersión sentimental.

Hergest Ridge
-Part One (21:40)
-Part Two (18:51)

1974. Virgin Records Ltd.
Compuesto por Mike Oldfield.
Producido por Tom Newman y Mike Oldfield.